El perro semihundido

Perro semihundido - Goya

Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

Dios me libre de hacerme pasar por un entendido en arte o incluso de querer explicar un cuadro, aunque sea un dibujo realizado por mi hijo de 3 años. Sin embargo, hay cuadros que me atraen, que me atrapan y hacen que necesite hablar de ellos, conocer más de ellos.

El perro semihundido de Francisco de Goya es uno de esos cuadros. No grita, no explica, no señala. Apenas muestra la cabeza de un perro que asoma entre una tierra incierta, mirando hacia arriba. Todo lo demás es silencio. Un silencio que pesa.

No hay contexto, ni paisaje reconocible, ni historia que podamos deducir. Solo un perro hundido elevando su mirada hacia algo que desconocemos.

Perro semihundido - Goya

Perro semihundido, Francisco de Goya y Lucientes
Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado

Goya pintó esta obra en los últimos años de su vida, cuando ya estaba sordo, enfermo y profundamente desencantado. La sordera no es solo la ausencia de sonido: es una forma de soledad. El mundo sigue ahí, pero llega amortiguado, distante, como si siempre ocurriera al otro lado de un muro. Al igual que Goya, conozco lo que es la sordera, conozco ese tipo de soledad.

Reconozco que mi amor a los perros provoca una mayor atracción y un mayor sentimiento por la obra. Hay pocas cosas que me hagan padecer tanto como ver a un perro abandonado, sufriendo.

El perro vive en el presente absoluto. No se detiene en lo que fue ni anticipa lo que vendrá. Siente, reacciona, continúa. Tiene una naturaleza luchadora, casi obstinada, que lo empuja a seguir adelante incluso cuando no entiende del todo lo que ocurre a su alrededor. Quizá por eso Goya eligió un perro y no otro animal: porque, aun semihundido, aun vulnerable, permanece. No se abandona. No dramatiza. Está ahí.

Además, ¿qué mejor animal que un perro para transmitir sentimientos humanos?

Existe la hipótesis de que, en la parte superior del mural original, había algo más. Se habla de un roquedal sobrevolado por unos pájaros. Tal vez el perro miraba a esos pájaros, miraba la vida, mientras él se sentía solo y atrapado o, simplemente, era curiosidad. Con el paso del tiempo, al arrancarse la pintura del muro y trasladarse a lienzo, fuera lo que fuese que estuviese, desapareció. Ya no está.

Y, sin embargo —o precisamente por eso— el cuadro es hoy más poderoso.

A veces las personas también perdemos partes por el camino. Ideas, certezas, ilusiones. Cosas que antes estaban ahí y que ahora solo intuimos. Cambiamos con el tiempo, no siempre para mejor, pero casi siempre para ser más complejos. Más difíciles de explicar. Más honestos.

Este cuadro ha cambiado como cambiamos nosotros. Quizá antes hablaba de esperanza, de distracción, de curiosidad. Hoy habla del vacío. De mirar hacia arriba sin saber si hay algo que responda. De seguir aquí, aun cuando no veamos un motivo para continuar. De sentirse atrapado, solo y sin salida.

Aun así, el perro no ladra. No huye. No se rebela. Mira. Y en esa mirada cabe la vejez, la enfermedad, la soledad, el cansancio de haber vivido demasiado y aun así seguir sintiendo. Cabemos también nosotros, que completamos el cuadro con lo que llevamos dentro.

Me da absolutamente igual lo que hubiera antes, hoy es más interesante que nunca. Porque ya no nos dice qué pensar. Solo nos acompaña mientras miramos, como él, hacia algo que no vemos… pero seguimos esperando. Y en esa espera, el perro ya no está solo, nosotros le acompañamos.

Aquiles Firma